Un
día, este barcelonés afincado en Prades, decidió echarse
a andar para hacer realidad su sueño: escribir. Recién editada
por Piolet, su ópera prima está escrita con honestidad y
con un cuidado lenguaje que refleja su experimentada mirada.
-En pleno
agosto se cargó la mochila y se fue a dar la vuelta al Montsant.
¿Tenía que cumplir alguna promesa, alguna penitencia?
–No, no...
nada de eso. Sencillamente necesitaba una buena excusa para empezar a escribir.
Desde que leí a Pla soñaba con hacer algo parecido. Salir
a caminar, ir encontrando personajes, provocar al azar. Me encontré
con tres días libres y decidí aprovecharlos.
–Pero recorrer
carreteras... a ningún excursionista le atrae esa idea
–Es verdad.
Reconozco que no soy un excursionista ortodoxo, pero era el itinerario
que me apetecía hacer en aquel momento. En la presentación
del libro en Reus, Rafael Ferré, amigo mío y gran excursionista,
animó al público a que realizara el recorrido que relato,
pero que lo hicieran en coche.
–Entonces,
¿tiene sentido hacerlo a pie?
–El sentido
está en la propia actividad de caminar. Andar me proporciona una
gran sensación de libertad, es el marco adecuado para probar la
propia capacidad de esfuerzo, de contemplación. Se trata de dejar
que la vida transcurra al mismo ritmo que lo hace la naturaleza, de sincronizarse
con ella.
–Así,
¿es un ejercicio de introspección?
–En buena
parte, sí. Andar, y más si se hace en solitario, es una excelente
manera de darse a uno mismo el tiempo necesario para ordenar los pensamientos.
Cuando se camina se siente la plenitud de la posesión del yo y del
entorno.
–¿Y
cómo se percibe el Montsant al rodearlo a pie?
–Como una
montaña enigmática, inabordable, insolente.
–¿Y
desde dentro?
–En su interior,
el Montsant es silencio. Desde lo alto de la Serra Major, el Montsant se
convierte en una soledad fantástica. Algo muy especial.
–Entonces,
¿llegó a imaginárselo lleno de aerogeneradores?
–No, no podía.
–¿Qué
sentimientos le despiertan los actuales proyectos de centrales eólicas?
–Me provocan
preocupación e intranquilidad, porque una cosa lleva a otra y...
Aunque también es verdad que, dada la precariedad financiera en
la que se hallan los pequeños municipios, entiendo que se aferren
a cualquier cosa.
–¿Y
en Prades?
–El Ayuntamiento
tiene claro que el turismo seguirá siendo una actividad importante
para el municipio y, también, que las centrales eólicas y
el turismo son incompatibles.
–Pero el
turismo también tiene sus peligros
–Cierto. Personalmente
creo que debemos concentrarnos en conservar la belleza de nuestros paisajes,
en ofrecer naturaleza, tranquilidad, salud, cultura y evitar los peligros
de la masificación.
–Habiendo
vivido en París, Madrid y Barcelona debe de saber de lo que habla,
¿no?
–He pasado
buenos años de mi vida viviendo en esas grandes ciudades pero, en
confianza, al día siguiente de jubilarme ya estaba en Prades.
–¿Y
cómo conoció Prades?
–Mis padres
eran matemáticos. Él fue asesinado en la Guerra Civil, y
ella acabó regresando a Reus, su ciudad natal. Cada verano solía
pasar quince días en Prades. Cuando tuve mi primer seiscientos de
segunda mano, me ofrecí caballerosamente a subirla hasta allí.
El coche se calentó muchísimo, pero yo me enamoré
de ese lugar para siempre.
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